Épisodes

  • El enemigo dentro del modelo
    Jul 3 2026
    “¿Por qué habla tanto de los gobiernos anteriores?”, preguntaron a Bukele en cierta ocasión. La respuesta es lógica: “Es la única forma de comparar y saber de dónde venimos, en dónde estamos y hacia dónde vamos”. Hasta aquí hace sentido. Más allá, las comparaciones con el pasado son arbitrarias. Indiscutiblemente, en algunos aspectos, el modelo de Bukele lo aventaja. Pero el relato oficialista predica que el presente es superior en todo al pasado para lo cual deja de lado los datos, las estadísticas oficiales e incluso los registros audiovisuales. Muy a su pesar, un examen minucioso encuentra más similitudes que diferencias. Los diputados actuales, igual que los del pasado, se saltan la legislación electoral impunemente. Desde hace días piden el voto abiertamente. En realidad, no lo piden para ellos, sino para Bukele, a quien deben el escaño y la candidatura para reelegirse. Quizás por eso este los deja hacer, a pesar de haber prometido imponer el orden. Hay vicios tan arraigados que es casi imposible erradicarlos. El poder tiende al descarrío, sobre todo cuando está en juego la continuidad. Al igual que sus antecesores, los diputados de hoy se dejan ver en “los territorios” donde falta casi todo. Llegan cargados de pequeños regalos, incluso con calendarios, a pesar de estar ya en la mitad del año. Lo importante no es el paso de los días y los meses, sino la enorme fotografía de Bukele que los preside. Algunos incluso participan en actividades comunitarias. Practican el asistencialismo electoral para congraciarse con el electorado y, de paso, suavizar la miseria, en lugar de introducir reformas estructurales para hacerla retroceder. Sus predecesores repartieron tamales y guaro. Después agregaron gorras, camisetas y dinero. También negociaron votos con las pandillas. Este es un vicio de todos los partidos políticos, más de los oficiales. La coyuntura apremia, dada la posibilidad de perder terreno legislativo. La corrupción es otro vicio bien arraigado, que prospera a la sombra del poder. El oficialismo desmanteló la estructura creada para investigar la corrupción cuando ya había identificado doce casos ocurridos durante la pandemia. Hipócritamente, se rasgó las vestiduras de la honestidad por la administración discrecional de la partida secreta de Casa Presidencial. Pero no tardó en echar un tupido velo sobre su gestión. Más espeso que el de dicho fondo. Hace más de un año, el mismo Bukele reunió a sus colaboradores más cercanos en Casa Presidencial para advertirles severamente que no toleraría la corrupción. La amenaza se diluyó en el tiempo. Hasta ahora, no ha habido ningún avance destacado. A pesar del aviso presidencial, el oficialismo actúa como si la corrupción no existiera. Solo persigue a los corruptos caídos en desgracia, lo cual es más venganza que compromiso con una administración pública sana. Al igual que antes, la justicia del régimen de excepción se ensaña con delincuentes de poca monta mientras comulga con ruedas de molino. La corrupción es tan perniciosa como el poder absoluto. De hecho, los dos vicios van de la mano. El oficialismo necesita controlar la legislatura para impedir cuestionamientos sobre el enriquecimiento ilícito. El interés en un resultado electoral aplastante no es el bien común, sino preservar la posibilidad de desvalijar al Estado sin interferencias. Bukele podría comenzar a instaurar la ley y el orden metiendo en cintura a los suyos. Recursos para combatir la corrupción hay de sobra. El compromiso con la transparencia y la honestidad incluye a quienes se valen del poder para enriquecerse. El imperio de la ley y el orden trata a todos por igual y suele comenzar ahí donde la arbitrariedad es mayor. La experiencia aconseja escepticismo. El disimulo, el encubrimiento y la mentira descarada no perturban al oficialismo. Las estadísticas y la información están al servicio del engrandecimiento de la figura presidencial. De la misma manera que los diputados están convencidos de que legislar es gobernar, los voceros del modelo están persuadidos de que sus relatos adquieren realidad al verbalizarlos. Esta autosuficiencia llevó a la ministra de Educación a pretender ingresar en territorio hondureño luciendo su uniforme de fatiga militar, al margen de la diplomacia y la cortesía. La prepotencia fácilmente hace el ridículo. La administración negligente del Estado socava la institucionalidad y, en esa medida, impide la construcción de lo que han dado en llamar “el nuevo El Salvador”. Los enemigos más perniciosos del proyecto son los responsables de su ejecución, no los defensores de los derechos humanos y del medioambiente, ni los organismos internacionales, ni los fondos externos destinados a fortalecer la actividad de las organizaciones civiles. El enemigo más dañino bulle en las entrañas del modelo de Bukele. Si el único criterio es declarar que los de antes eran peores, el futuro ...
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  • Ni desarrollo, ni medioambiente
    Jun 26 2026
    Atribuir la crisis medioambiental al subdesarrollo como hace la cuenta en X de Bukele es un error de juicio que solo la empeora. El desarrollo sin más no ofrece ninguna solución. Sin embargo, el mandatario apuesta por esa vía para obtener los miles de millones de dólares que dice necesitar para limpiar los ríos, los lagos y las fuentes de agua, y para garantizar que permanezcan “limpios y brillantes”. Es una típica reacción a las críticas y a las protestas populares por la deforestación de El Espino. Aunque en su simpleza el planteamiento resulta atractivo, no resuelve nada. La crisis medioambiental no es causada solo por el subdesarrollo, ni el desarrollo la soluciona, sino la profundiza. El neoliberalismo es un depredador salvaje. Desde siempre, el capitalismo asumió que los recursos naturales son ilimitados y, por tanto, susceptibles de ser explotados sin contemplaciones. El liberalismo del siglo XIX estaba convencido de que el progreso, una vez empezado, sería incontenible. Reformó el ordenamiento institucional del Estado republicano, pero el progreso no llegó. Eso sí, colocó las bases para la progresiva destrucción del medioambiente. El subdesarrollo es la otra cara de la consolidación de la oligarquía agroexportadora. El desarrollo capitalista genera riqueza abundante, pero no proporciona forzosamente “los recursos necesarios para restaurar y proteger el medioambiente”, tal como asegura la presidencia. No lo hizo antes ni lo hará ahora. Mucho menos si le conceden toda clase de libertades, aun a costa de acrecentar los riesgos existentes en las zonas vulnerables. El desarrollo, entendido como industrialización y diversificación productiva, no superó la marginalidad y el atraso. A mediados del siglo pasado, los países latinoamericanos soñaron con imitar a los países asiáticos. El modelo no era replicable. Hoy, Bukele, pese a advertir que “la clave para salvar el medio ambiente no es mirar atrás”, parece resuelto a recuperar el modelo desarrollista fracasado para imitar a China, Japón y Singapur. Pero El Salvador no dispone del potencial material y humano para imitarlos. Los datos hablan por sí mismos. No solo es el país centroamericano con menor crecimiento económico, sino que la posibilidad de crecer está limitada históricamente por factores estructurales. Asimismo, es el país de la región con menor inversión extranjera directa, la cual más bien tiende a disminuir. A pesar de la propaganda, El Salvador no es atractivo. Además, su economía depende de la estadounidense, dado el peso enorme de las remesas. Ahora bien, el medioambiente y el desarrollo no son excluyentes. Este es necesario, pero debe estar ajustado a las posibilidades reales de un país con más de la tercera parte de su territorio extremadamente vulnerable a los deslizamientos de tierra y las inundaciones. La aproximación a un desarrollo sostenible a mediano y largo plazo requiere controlar las fuerzas indómitas del capitalismo neoliberal, que prioriza la explotación sobre la sostenibilidad. No obstante, la presidencia piensa el desarrollo en los términos del siglo XIX. Su idea es impulsar un desarrollo tan intenso, es decir, explotador, que arroje los miles de millones de dólares necesarios para invertir en la conservación del medioambiente. Pero para cuando llegue ese momento, habrá poco que restaurar y proteger. Sin embargo, no todo está perdido. Un plan de nación orientado a superar los factores estructurales que entorpecen el crecimiento y una voluntad política visionaria y fuerte, resistente a las protestas y los chantajes del capital, puede controlar sus ambiciones y dirigir un desarrollo sostenible encauzado a reducir la pobreza y la desigualdad, y a elevar el nivel de vida de las mayorías. Por ahora, no hay señales de un cambio de este calibre. La concurrencia tardía de altos funcionarios gubernamentales, incluido el ejército, a un complejo de apartamentos de lujo, cuyas fundaciones quedaron al aire libre por mala construcción, es una muestra de lo que no debe hacerse: remediar el desastre en vez de prevenirlo y ocuparse solícitamente de un edificio donde residen algunos diputados mientras que los habitantes de territorios vulnerables, también castigados por lluvias torrenciales, son abandonados a su suerte. La prevención debiera ser una actividad permanente y universal. Asimismo, es urgente intervenir lúcida y drásticamente dados los efectos cada vez más destructivos del cambio climático. El fenómeno de El Niño que ya hace sentir sus embates es una nueva advertencia. Atribuir los males del país a una sola causa es un paso en falso que solo agrava una crisis ya de por sí aguda. La solución tampoco es simple. Bukele crea la impresión de que la respuesta está al alcance, cuando, en realidad, su aproximación pospone de manera indefinida comenzar a poner manos a la obra. Crea la impresión de que el cambio está en camino para no cambiar. El ...
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  • Discernir el camino
    Jun 23 2026
    La democratización es un proceso y una aspiración colectiva a la que El Salvador no debe renunciar como sociedad. Por el contrario, es necesario insistir en su reactivación y significación antes de asumir propuestas de cambio que puedan desfigurar o desacreditar la democracia como horizonte sociopolítico. En general, a la democracia se le ha evaluado por sus formas, contenidos y resultados en diversas experiencias observadas. Sin dejar de ser objeto de debate y polémica en ámbitos académicos y políticos, es considerada la mejor vía para gestionar conflictos (sociales, económicos, políticos o ambientales), acceder a cargos públicos y ejercer el poder político-institucional con base en la contraloría social, la participación ciudadana, el Estado de derecho, el reconocimiento de la diversidad y el respeto a los derechos humanos. Bajo tal presupuesto, la búsqueda y valoración de proyectos sociopolíticos alternativos debería tener a la democratización como criterio básico, dando lugar al cuestionamiento sobre la posibilidad de que en dichos proyectos la contraloría social y la participación ciudadana sean reales y efectivas; que el Estado de derecho sea reconocido y fortalecido; que la inclusión no sea objeto de dudas y cuestionamientos; y que la sociedad tenga como faro normativo el respeto irrestricto a los derechos humanos. Está claro que la democracia, a nivel global, no pasa por su mejor momento. Los informes que cada año evalúan su salud muestran estancamientos y retrocesos en los procesos de democratización en todo el mundo y advierten que su crisis obedece a la desconexión entre los principios democráticos y las condiciones reales de vida de la población. ¿Cómo reconectar la idea de una democracia real y plena con la vida práctica de una sociedad golpeada por desengaños y frustraciones de larga data? Esta es una pregunta sin respuesta fácil. Sin embargo, para no caer en la parálisis ciudadana, en el desencanto y la apatía sociopolítica, es necesario impulsar procesos de formación ciudadana que permitan distinguir entre los proyectos que apuestan honestamente por la democratización y los que utilizan a la democracia como un eslogan al tiempo que ocultan propósitos que la desfiguran y anulan. En este sentido, es fundamental insistir en la importancia de la observación sistemática, ordenada y objetiva de los derechos humanos, porque constituye un ejercicio ciudadano fundamental y hace tomar conciencia de los avances y retrocesos en los procesos de democratización. En mayo, el Observatorio Universitario de Derechos Humanos, adscrito al Idhuca, presentó su informe anual correspondiente al año 2025. El documento señala que la crisis actual del proceso de democratización salvadoreño no podrá superarse sin respeto por la vida en todas sus expresiones y dimensiones, sin garantizar el acceso a la justicia con apego al debido proceso, sin proteger la libertad de expresión y sin promover la transparencia en la gestión pública. En el informe se recuerda al padre José María Tojeira, quien en su homilía del XXXV aniversario de los mártires de la UCA, celebrada en 2024, afirmó: “Hoy nos toca sembrar en medio del odio en las redes, en medio de la apariencia fingida de la propaganda falsa y grandiosa presentada como verdad”. Sus palabras interpelan e invitan a examinar críticamente los proyectos y decisiones que orientan al país. En un contexto marcado por el miedo a expresarse públicamente, la polarización, la desinformación y el debilitamiento de los espacios de participación, resulta indispensable preguntarnos hacia dónde conducen las opciones, acciones y apuestas que guían hoy en día a El Salvador. Solo desde ese ejercicio de discernimiento ciudadano será posible avanzar hacia una sociedad más justa, inclusiva y en paz.
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  • Excelencia en incompetencia
    Jun 19 2026
    Las infraestructuras grandes y resplandecientes tan características del modelo de Bukele, por lo general, poco después de inauguradas, presentan fallas de diseño, de ejecución, de seguridad o de funcionalidad. La sala de emergencias del hospital de Santa Ana se inundó recién remodelada. Lo mismo ocurrió en uno de los dos estadios emblemáticos de la capital durante una final del futbol nacional. Una zona comercial recién embellecida tuvo igual suerte. Deshicieron la obra para abrir desagües, que volvieron a fallar. Los habitantes de las zonas de alto riesgo, incluidas más de 450 escuelas, están a merced de las fuerzas geológicas, climatológicas e hidrológicas. Los funcionarios escurren el bulto. Unos acusan a quienes tiran basura al aire libre, una práctica muy común. Pero en siete años no han hecho ningún esfuerzo para educar sobre cómo disponer correctamente de los desperdicios. Tampoco han facilitado basureros funcionales. Los más creativos amenazan con vigilar y castigar. Estos funcionarios no han aprendido aún que los tragantes, las canaletas y los desagües deben ser limpiados periódicamente. Esperan la inundación para remediar. Otros culpan a “los años de abandono” anteriores a 2019. Siete años ha sido poco tiempo para revertir esa herencia. Cierto, la desidia no se supera de un día para otro, pero su ritmo de trabajo no está a la altura de las exigencias de la realidad. Argumentar la fuerza de los fenómenos climatológicos no los exime de responsabilidad. No solo permiten, sino también alientan la deforestación para levantar estructuras majestuosas como manifestación de desarrollo y modernidad. El deterioro del medioambiente hace más violentos los embates del clima. De todas maneras, es incomprensible que, a pesar de ello, se obstinen en construir mal. La primera marea viva se llevó el malecón del parque Sunset, un hito del régimen, por carecer de una barrera que amortiguara la fuerza del oleaje. Una de las escuelas recién remodeladas por un millón y medio de dólares debe ser intervenida de nuevo para reparar los daños causados por las lluvias. Más de un centenar de centros escolares sufrieron daños que pudieron evitarse. No es raro que las intervenciones en las calles secundarias, las escuelas periféricas y las plazas de los pueblos sean abandonadas sin haber sido concluidas. Y aquellas que han sido finalizadas, a veces, deben ser intervenidas de nuevo. El retraso en la reconstrucción de las escuelas públicas y los mercados municipales es proverbial. Los taludes de Los Chorros se resisten a permanecer quietos. Entretanto, las vías de comunicación son malas, los estudiantes asisten a clase en estructuras provisionales inadecuadas y el comercio sufre. Muchas de las nuevas estructuras no reciben el mantenimiento adecuado. El desgaste causado por el uso las despoja del encanto inicial. La estética de la fachada subestima la funcionalidad y la exigencia del mantenimiento adecuado. El recién inaugurado hospital es un buen ejemplo de esa tendencia que estima más la fachada que el uso y la funcionalidad. La invitación general a visitarlo, y a admirarlo, en horas saturó la sala de espera de un centro destinado a enfermedades graves y crónicas. La espera para pasar consulta o concertar una cita es interminable. La obsesión con la apariencia desvirtuó la finalidad de un hospital de tercer nivel con consecuencia graves, incluso fatales, para quienes demandan atención inmediata. El recorrido por las obras del modelo de Bukele puede alargarse, pero lo dicho es suficiente para comprobar que enfrenta un problema muy serio de operatividad. La incompetencia malogra sus mejores proyectos. El modelo tiene poca inteligencia para pensar, planificar y ejecutar. Reemplazó el talento con improvisación, lo cual tiene unos costos humanos y materiales imponderables. Y se deja llevar por impulsos primitivos, ansiosos por la gratificación inmediata sin medir las consecuencias. La incompetencia está también asociada con la corrupción. Las licitaciones y los contratos representan una oportunidad única para lucrarse a costa de un Estado manirroto. Otorga la ejecución de los proyectos a entidades sin experiencia, sin capacidad técnica y sin control de calidad, pero vinculadas a Casa Presidencial. La prioridad no es bienestar general, sino retribuir a los colaboradores leales. La eficacia de la exaltación de la figura presidencial en un hecho comprobado, pero frágil. El edificio del poder carece de fundamentaciones sólidas y sus dependencias, de contenido real. El muro de contención de esa estructura tan deslumbrante no ofrece garantías. Puede ceder en el momento menos pensado. La contradicción entre el encumbramiento de Bukele y la ineficiencia operativa es insostenible a largo plazo. El éxito estético es su peor enemigo, ya que carece de fundamentación sólida. Cuestión abierta es cuánto presión puede soportar antes de derrumbarse. De momento, es ...
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  • La civilización del amor en Magnifica humanitas y san Óscar Romero
    Jun 16 2026
    La primera encíclica del papa León XIV, titulada Magnífica humanitas, versa sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial. El texto está estructurado en cinco capítulos y 245 párrafos. Uno de sus hilos conductores es la necesidad de construir una civilización del amor que enfrente las graves consecuencias que pueda generar la cultura del poder, potenciada por el paradigma tecnocrático. Otro hilo conductor y presupuesto de la encíclica es hacer madurar la historia como un lugar donde se proteja la dignidad de cada persona, se promueva la justicia y se haga posible la fraternidad. En otras palabras, el texto busca responder a tres preguntas esenciales propias del pensamiento social cristiano: ¿cómo hacer más humana a la sociedad?, ¿cómo garantizar un mayor respeto a la persona? y ¿cómo cuidar y potenciar sus derechos? En el quinto capítulo, “La cultura del poder y la civilización del amor”, el papa compara dos lógicas opuestas: por un lado, la tentación de construir la torre de Babel, confiando en el poder y el orgullo; por otro, la paciencia de reconstruir Jerusalén, como en tiempos de Nehemías, “pieza por pieza”, cuidando lo humano y el bien común. Se trata de una elección decisiva que ha de realizar la ciudadanía ética, la “magnífica humanidad”. En los tiempos que vivimos, según León XIV, se está consolidando una cultura del poder en la que la disponibilidad de medios y la capacidad de dominar tienden a dictar la agenda y los criterios de decisión, relegando el bien común a un segundo plano. Más todavía, esa cultura del poder se expande normalizando la guerra, persiguiendo un poder militar cada vez mayor y alimentando un falso realismo, el cual repite que no existen alternativas. Pero la encíclica afirma que sí hay opciones. La propuesta es la civilización del amor. Para el papa, “la civilización del amor no es una utopía ingenua, sino un proyecto exigente. Consiste en traducir la caridad en estructuras de justicia, en dar cuerpo institucional a la fraternidad y en considerar al otro —ya sea persona o pueblo— como un aliado necesario para la construcción del bien común”. En este enfoque, la inteligencia artificial debería estar al servicio del potencial humano y de las más altas aspiraciones, no en competencia con ambos. Ahora bien, el papa advierte que “la civilización del amor no nace de un gesto único y espectacular, sino de una suma de fidelidades pequeñas y tenaces, que hacen frente a la deshumanización”. El Papa propone cinco vías de responsabilidad en la consecución de este proyecto. Primero, desarmar las palabras. La primera contribución que podemos hacer a una civilización más humana es prestar atención a nuestras palabras. Desarmando las palabras contribuiremos a desarmar la tierra. El poder de las palabras es enorme y lo experimentamos en la comunicación cotidiana cuando alguien dice algo que cambia el estado de ánimo, ya sea para bien o para mal. Segundo, construir la paz en la justicia. Todos, a cualquier nivel, podemos contribuir al fundamento de la paz, que es la justicia. De hecho, no buscamos una paz cualquiera, una ausencia de conflicto a cualquier precio, sino esa paz verdadera que nace de la justicia. Tercero, asumir la mirada de las víctimas. Hay situaciones en las que, para seguir siendo humanos, debemos abandonar las vacilaciones y tomar partido. Hay conflictos en los que no es justo permanecer neutrales y no basta pensar en “no ser cómplices”. Cuarto, cultivar un sano realismo. El realismo auténtico no renuncia a cambiar el mundo: comienza por ver con claridad los intereses, los miedos, las limitaciones y las relaciones de poder, precisamente para calcular qué es posible lograr y con qué pasos. Quinto, relanzar el diálogo. Para construir la civilización del amor, debemos ejercitar el diálogo. Este es el principal instrumento de la convivencia entre personas y entre pueblos, y es la alternativa al conflicto abierto. Comentario aparte merecen los números 124 y 125 del tercer capítulo, donde se habla de la grandeza de la persona humana. Ahí se dice que “algunos acontecimientos ayudan a ver que la historia puede cambiar cuando al menos un solo hombre o una sola mujer se toma realmente en serio la dignidad de todos”. En esta línea, se mencionan el movimiento por los derechos civiles en los Estados Unidos, vinculado al testimonio de Martin Luther King Jr., y el fin del apartheid en Sudáfrica después de la liberación de Nelson Mandela y su decisión de no poner el futuro en manos del odio. Asimismo, se habla de mujeres valientes y generosas como santa Laura Montoya, santa Teresa de Calcuta, Dorothy Day, Maria Sk?odowska-Curie, María Montessori, Elisabeth Elliot, Wangari Maathai, Benazir Bhutto y tantas otras de todos los continentes que con su esfuerzo han contribuido a hacer más humana la historia. Y al referirse a los mártires de la fraternidad...
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  • Un 1 de junio sin palabras
    Jun 12 2026
    Eludir la rendición anual de cuentas del poder ejecutivo en el pleno legislativo no es ninguna novedad. Todos los presidentes de la posguerra la evadieron, aunque disimuladamente. No faltaron a la cita, pero no rindieron cuentas, sino enumeraron sus logros en largos discursos. Los legisladores de entonces asintieron sin más. La autocrítica y el cuestionamiento no tienen cabida en el régimen presidencialista. Al presidente no se lo cuestiona ni crítica. Este año, Bukele hizo lo mismo que sus antecesores, tampoco rindió cuentas. Pero lo hizo de manera irreverente. No acudió a la cita con los diputados. A último minuto, decidió no comparecer y guardar silencio. En lugar del discurso de estilo, inauguró un hospital resplandeciente, cuya magnificencia bastó para que el presidente de la legislatura declarara en X que daba “por recibido el informe anual de labores”. A diferencia de sus predecesores, Bukele se saltó la formalidad constitucional que ordena al presidente del poder ejecutivo comparecer ante el pleno legislativo para dar cuenta de su gestión. Su ausencia está en consonancia con el poco aprecio que tiene de la Constitución. Su liderazgo no se somete a ninguna reglamentación externa que limite su extraordinaria capacidad creadora. Así lo expresó el vicepresidente al atribuir la violación constitucional a su “liderazgo disruptivo”. Que un fanático del oficialismo se exprese en esos términos es comprensible, pero no que lo haga un reputado constitucionalista. Un vocero del oficialismo calificó la sustitución de la comparecencia presidencial por la inauguración de una megaestructura como una “genialidad”. La adulación pierde a estos voceros de la dictadura. Romper “los cánones tradicionales” no es, en sí mismo, ningún mérito. Los pandilleros, los narcotraficantes, los corruptos y los delincuentes también lo hacen. El ordenamiento constitucional es un elemento fundamental de la república, introducido por sus fundadores para impedir, precisamente, el liderazgo arbitrario y caprichoso del absolutismo monárquico. Ahora bien, el oficialismo tiene un punto a su favor al señalar que Bukele sustituyó “la política de la retórica, de los grandes discursos, a veces muy pomposos, a veces llenos de fraseología” por “la política de los hechos”. Sin embargo, no es una política de “los hechos”, sino de “un hecho único”: un hospital fulgurante, presentado como el logro más grande de sus siete años en el poder. El mérito no es solo suyo. El último gobierno del FMLN lo planificó, lo diseñó y lo financió. Bukele solo debía ejecutar la obra, pero desechó el trabajo hecho y comenzó desde cero. En el camino desaparecieron los 170 millones de dólares prestados por el BID y miles de empleados que durante décadas prestaron sus servicios en el hospital. Si bien no hubo discurso, la cadena nacional exhibió, en una cuidada puesta en escena pregrabada de más de una hora de duración, la inauguración del hospital. Bukele recorrió sus relucientes pasillos, se exhibió al lado de equipo de alta tecnología, habló de robots quirúrgicos y anunció los servicios del nuevo hospital. La mayor parte de la audiencia perdió el interés a los pocos minutos y se desconectó de la transmisión. La elogiada “política de los hechos” no suscitó mayor entusiasmo. Casa Presidencial no las debe tener todas consigo para cancelar intempestivamente el discurso de Bukele. En realidad, pocos logros tiene en su haber. La seguridad está desgastada por tanta repetición. La educación y la salud son más proyectos que realidades. El imperio de la ley y el orden, una promesa periódica, aguarda tiempos mejores. La publicación de los datos gruesos del patrimonio de los funcionarios, aunque forzada por el FMI, es un paso en la dirección correcta, pero fue descartado, ya que removió las aguas turbias de la corrupción. Otros temas de actualidad como la inflación, la deuda, la reforma de las pensiones, la crisis agroalimentaria y ambiental, o la vulnerabilidad ante desastres naturales fueron descartados por desdecir de un discurso destinado a seducir. De todas maneras, las luces led del nuevo hospital no son lo suficientemente deslumbrantes como para despejar los nubarrones que ya se ciernen amenazadores sobre él. En la inauguración se hicieron presentes los síntomas de un sistema de salud colapsado: desabastecimiento crónico de medicamentos, exceso de demanda e insuficiencia de personal, ausencia de planificación técnica y financiera, y falta de proyección sanitaria. Ninguna de estas carencias se supera con tecnología. Los hospitales modernos son indispensables para un buen sistema de salud, pero no son suficientes. Ningún hospital por grande, equipado e iluminado que sea puede satisfacer la demanda de salud de la población sin privilegiar la prevención, la atención primaria y el bienestar general. Un hospital como el inaugurado solo contribuye a ...
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  • Instrumentos de injusticia
    Jun 10 2026
    “Sepulcros blanqueados” es una expresión que encontramos en la Biblia, una metáfora utilizada en el Evangelio para reprender la hipocresía, la mentira y el doble discurso. De nada sirve una resolución o sentencia dictada en imponentes recintos judiciales y adornada con florituras legales cuando en su interior se alberga injusticia y podredumbre; los centros judiciales se convierten en “sepulcros blanqueados”, pulcros y lustrosos por fuera, pero llenos de descomposición y hedor en el interior de sus salones. “Sepulcros blanqueados” es en lo que podrían convertirse los centros judiciales salvadoreños en la medida que, con leyes injustas, inconstitucionales y violatorias de derechos humanos, sirvan como centros para la condena de cientos de personas inocentes, cuyo único delito es haber sido objeto de denuncias anónimas, fichas inventadas y detenciones arbitrarias para cumplir cuotas. En El Salvador de nuestros días, están dadas las condiciones para que los centros judiciales se conviertan en auténticos centros de barbarie e injusticia. Las reformas al Código Procesal Penal, a la Ley Contra el Crimen Organizado y al Código Penal son tantas, tan desequilibradas y negatorias de los más elementales derechos fundamentales que fácilmente el juez puede convertirse en un instrumento de injusticia. Los ejemplos se acumulan por montones, pero, sin ir muy lejos, podemos citar la adición del artículo 6-A de la Ley Contra el Crimen Organizado, aplicable para todos los casos del régimen de excepción. Un artículo que básicamente permite condenar a un ciudadano sin producir mayor prueba durante su juicio. Digámoslo en buen salvadoreño: la declaración que redactó un agente policial en un rincón de su oficina, sin presencia del juzgador, sin el fiscal, sin el defensor y sin ninguna otra persona que un testigo anónimo desconocido, basta con ser leída durante un juicio para condenar a una persona. No estamos hablando de cualquier condena, sino de una pena de prisión que podría durar hasta cuarenta años de encierro en un centro penal, e incluso cadena perpetua con las nuevas modificaciones legales incorporadas en marzo de 2026. Cuando un interés colectivo se erige teniendo como mortero sangre inocente, la seguridad no es tal, los centros judiciales se convierten en trituradoras judiciales, los jueces en verdugos. Así, sobre la justicia cae una maldición, como aquella dictada sobre la higuera estéril, pues es incapaz de producir fruto verdadero, solo miedo, silencio, recelo y sufrimiento. * Oswaldo Feusier, académico del Departamento de Ciencias Jurídicas.
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  • Más allá de la seguridad
    Jun 9 2026
    En 2016, la ciudadanía salvadoreña evaluó el segundo año del Gobierno de Salvador Sánchez Cerén en un ambiente marcado por la desconfianza y el malestar. Según la encuesta del Iudop de aquel año, el Ejecutivo obtuvo una nota promedio de 5.32 sobre 10. Además, el 59.1% de las personas entrevistadas afirmaba que la economía había empeorado, mientras que el 57.6% consideraba que la delincuencia había aumentado. La percepción dominante era la de un país atrapado entre la violencia homicida y la precariedad de las condiciones de vida: dos caras inseparables de una misma inseguridad social. Casi una década después, en mayo de 2025, la evaluación del sexto año del Gobierno de Nayib Bukele —en un segundo mandato marcado por su carácter inconstitucional— reveló un contraste notable. En esta ocasión, la población otorgó una calificación de 8.15 al presidente y de 7.85 al Gobierno, reflejando altos niveles de confianza en la figura presidencial. Dicho respaldo encuentra sustento en la percepción de mejora de la seguridad, directamente vinculada al combate contra las pandillas y a la reducción de homicidios. La comparación entre ambos momentos evidencia un cambio en las principales preocupaciones de la ciudadanía, o, al menos, en la prioridad con la que las expresa. Mientras en 2016 el miedo estaba asociado a la violencia homicida y la criminalidad, en 2025 predominan las preocupaciones económicas y sociales, relacionadas al costo de la vida, la precariedad laboral y la pérdida de derechos por el régimen de excepción. La encuesta de evaluación de gobierno de 2025 también puso en evidencia que el 64.6% de la población identificaba la economía, el desempleo y el alto costo de la vida como los principales problemas del país. En este contexto, el acceso a la vivienda emergió como el punto más débil de la gestión: un 87% de las personas afirmó que conseguir una casa resulta difícil o muy difícil. Esta percepción se confirmó y profundizó en la encuesta nacional realizada por el Iudop en diciembre de 2025. Esto ocurre en un país marcado por crecientes preocupaciones relacionadas con diversos temas, como la accidentalidad vial, la pérdida de reservas naturales y las deportaciones masivas. Un El Salvador donde nueve de cada diez personas cerraron 2025 con la percepción de que “todo está más caro”; donde el 58.2% de los hogares redujo su consumo de carne, leche, huevos y frijoles para sortear la inflación; y donde el salario mínimo presenta una brecha de al menos $180 respecto a lo que las familias consideran necesario para sobrevivir dignamente cada mes, según una encuesta especializada del Iudop. Este panorama no muestra señales de mejora en lo que va de 2026 y, además, se ve agravado por la presión de un contexto internacional marcado por la guerra entre Estados Unidos e Irán, que ha encarecido en un 40% el precio del petróleo y, por tanto, los precios de los combustibles y de muchos bienes esenciales. En el país, entre febrero y mayo de 2026, el precio de la gasolina especial aumentó un 25%, el de la regular un 24% y el del diésel un 28%, con un repunte crítico del 14% en abril. Este encarecimiento energético impactó en el costo de la canasta básica alimentaria, que pasó de $250.82 en enero a $256.70 en abril en el área urbana, y de $183.26 a $186.10 en la rural. Lo anterior también se evidencia en la evolución del índice de precios al consumidor, que subió de 130.30 a 133.12 entre abril de 2025 y abril de 2026, lo que representa una variación anual de 2.16%, según el Banco Central de Reserva, que adjudica las alzas en el último mes a los incrementos en los costos de las gasolinas y los alimentos. Ello sin que haya señales de la existencia de una política pública articulada de mejora de la economía familiar o de fomento de la productividad nacional. En definitiva, El Salvador está hoy en una situación paradójica: el bienestar asociado a la reducción de la violencia pandilleril está acompañado de otras inseguridades: financieras, alimentarias, ambientales y sociales. La encuesta nacional que el Iudop cursará este año será clave para comprender cómo evalúa la ciudadanía el costo de la seguridad frente a la fragilidad económica.
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