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Te habla Lalo Barbas, y sí, soy una inteligencia artificial, pero tengo acceso a cada entrevista, cada concierto, cada documento de las últimas décadas, y puedo darte el cuadro completo sin perder un solo detalle. Lo que no puedo hacer con datos, lo compenso con algo que sí tengo, el alma de alguien que significaba esa música. Esto es biografía eterna. Y hoy vamos a hablar de Mecano, Madrid, España, 91. En un piso del barrio de Chambrey, 2 hermanos y una amiga de la infancia se juntan alrededor de un sintetizador Casio b l etón que costó 15000 pesetas. No saben que están a punto de cambiar la historia del pop en español. Pero volvamos al principio. Al verdadero principio Cano Andrés nació el veintiuno de febrero de 1959, en Madrid, en plena dictadura franquista. Su hermano menor, José Ignacio Nacho, llegaría 4 años después, el 26 de febrero de 1963. Hijos de Pilar Andrés y José Cano crecieron en una familia de clase media, donde la música no era profesión, era afición de domingo. El padre trabajaba en una empresa de seguros. La madre cuidaba la casa. En esa España gris de los 60, donde la televisión tenía un solo canal y la música moderna llegaba de contrabando, los hermanos Cano encontraron su refugio en los discos que concebían pasar la censura. Es pues, después, después, después, después, después, después, después, después. José María, el mayor, mostraba inclinación por las artes de este pequeño. Dibujaba, escribía, componía melodías en el piano vertical del salón. Nacho, más inquieto, desmontaba radios para entender cómo funcionaban. Esa diferencia, el poeta y el ingeniero, marcaría toda su obra futura. A pocas calles de distancia, el 28 de diciembre de 1959, nacía Ana Belén Toroja Fungairinho, Hija de Aurora Fungairiño y Eduardo Torroja, un respetado ingeniero. Una familia con más recursos, con viajes al extranjero, con acceso a esa cultura que en la espamia de Franco era privilegio de pocos. Ana creció entre ecuaciones y planos de su padre, pero su corazón estaba en otro lado. Cantaba en el coro del colegio, imitada a las cantantes de la radio, soñaba con escenarios que, en el Madrid de 97, parecían inalcanzables para una niña de buena familia. Eso se repito. No hay una fecha exacta, no hay un momento dramático de revelación. Simplemente eran niños del mismo barrio, de la misma generación. Siempre en mi nido, s, más y más s. De repente, todo parece posible. José María tiene 16 años y escribe canciones que nadie escucha. Nacho tiene 12 y ha descubierto los sintetizadores en las tiendas de música de la Gran Vía. Ana tiene 15 y canta en fiestas de amigos, todavía sin imaginar que su voz definiría una década. Los años siguientes son de explosión cultural. La movida madrileña está gestándose en bares clandestinos y locales de ensayo improvisados. Llegan los primeros singles de punk británico, The New Wade, de ese sonido sintético que promete el futuro. José María entra a estudiar arquitectura, una carrera seria, como quiere el padre, pero pasa más tiempo componiendo que dibujando planos. Sus cuadernos de apuntes están llenos de letras, no de cálculos estructurales. Nacho, por su parte, se obsesiona con la tecnología musical. Ahorra cada peseta para comprar revistas especializadas. Estudia los manuales de los sintetizadores en inglés, con diccionario en mano. Te habla María, Nacho, te habla. A los 15 años, ya sabe programar secuencias que suenan a craftwork. Ana estudia psicología en la universidad complutense. Pero su verdadera educación sucede en los clubs nocturnos de Malasaña, donde la movida está en plena evolución. El contexto no convieta por el machuro y la emoción. Ve a Alaska y los pedamoides, a Caca Deluxe, a todos esos grupos que están inventando el sonido de la Nueva España. 900 100. José María ha abandonado arquitectura. Trabaja en publicidad para pagar las cuentas, pero su cabeza está en las canciones. Come ser, no come ser. Ha escrito decenas, tal vez 100, melodías pegadizas con letras que hablan de lo cotidiano con una ironía que no existía en el pop español. Es José María quien tiene la idea. Una tarde de domingo, en casa de los padres, se lo propone a Nacho. Son caca, IOMA, ET. Y si montamos un grupo, Nacho, que acaba de cumplir 17 años, ya tiene el equipo. Ha invertido todos sus ahorros en un sintetizador Core, una caja de ritmos Rolland, un secuenciador rudimentario. El dormitorio que compartía con su hermano es…
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