Los Elementos de la Vigilancia Interior - Mesilat Yesharim Capitulo 04 - Rabbi Moshe Jayim Luzzato
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Este capítulo se adentra en el núcleo práctico de la vigilancia interior. No habla de ideales elevados ni de emociones pasajeras, sino de una disciplina concreta: aprender a mirarse con honestidad. Vigilarse exige dos miradas esenciales. La primera es clarificar qué es el bien verdadero y qué es el mal verdadero. La segunda es examinar los propios actos para saber si conducen hacia uno u otro.
La vigilancia no se limita al momento de actuar. Antes de cada acción, la persona debe pesar lo que va a hacer con lucidez. Y después, debe volver sobre sus actos, recordarlos, evaluarlos, medirlos. Lo que pertenece al mal debe ser rechazado sin concesiones. Lo que pertenece al bien debe ser afirmado, fortalecido y profundizado. Si aparece algo torcido, no se lo debe justificar ni ignorar, sino detenerse, pensar y buscar el modo de corregirlo.
Este capítulo introduce una distinción decisiva: examinar y palpar. Examinar significa revisar el conjunto de la vida y eliminar lo que claramente no está alineado. Palpar va más lejos: implica revisar incluso lo que parece bueno, para descubrir si hay intereses ocultos, intenciones impuras o defectos sutiles. Así como se revisa una prenda para ver si es fuerte o si está desgastada, así deben revisarse los actos, hasta que queden limpios y auténticos.
La enseñanza central es contundente: quien no gobierna su impulso no puede ver la verdad con claridad. La persona atrapada en la materialidad camina como en la noche, rodeada de obstáculos que no percibe. A veces no ve el peligro. Otras veces, algo aún peor, confunde el mal con el bien y el bien con el mal. Por eso, solo quienes han salido de ese dominio pueden orientar a otros.
La vida es comparada con un laberinto. Desde dentro, todos los caminos parecen iguales. Solo quien ya llegó al centro puede ver cuáles conducen y cuáles desvían. Ese es el papel de quienes han trabajado su interior: advertir, señalar, orientar. Y el consejo que ofrecen es siempre el mismo: hacer cuentas. Calcular con honestidad el costo y la ganancia de cada decisión.
El cierre es claro y exigente: la vigilancia requiere constancia. No basta con momentos aislados de introspección. Es necesario fijar tiempos, detenerse, reflexionar, revisar el camino y corregirlo. Porque solo quien examina su vida puede enderezarla. Y solo quien se atreve a mirarse de verdad puede regresar.
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