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El gran conde de Monte Parte 17

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Tiempo perdido, pues, preciso es confesarlo, para vergüenza de uno de los representantes de nuestra elegancia: después de cuatro meses que paseaba por Italia en todos sentidos, Alberto no había tenido ni lo que se llama una sola aven¬tura.
Y no era que no hiciese lo posible para que ésta se le presentara, no, porque Alberto de Morcef era uno de los jóvenes que más fasti-diados debían estar por hallarse en tal descu-

bierto. La cosa era tanto más penosa, cuanto que según la modesta costumbre de nuestros queridos compatriotas, Alberto había salido de París con la convicción de que iba a tener los mejores lances, y que volvería a entretener a sus amigos del boulevard de Gand contándoles sus aventuras; pero, desgraciadamente, nada de esto había sucedido. Las encantadoras con-
desas genovesas, florentinas y napolitanas, hab¬ían temido, no a sus maridos, sino a sus aman¬tes, y Alberto había adquirido la cruel convic-ción de que las italianas tienen a lo menos sobre las francesas la ventaja de ser fieles a su infide¬lidad. Con todo,
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